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El arte de la verdad, la expresión del sentir

Estar a la expectativa de la venta de abonos, a pesar de ser consciente que no se podrá asistir a todos los días, luego la venta de entradas sueltas, más adelante los descuentos, cuadrar cuentas, encajar fechas, programar actividades para o estropear la ilusión de meses… Revisar el transporte, los boletos aéreos, el precio más conveniente en todo sentido, pues uno debe llegar en sus 200% a la fiesta, afrontar el minuto a minuto sobre la hora para llegar al aeropuerto, abordar, sobrevivir a los distintos compromisos, alistar religiosamente cada prenda de vestir, accesorios y objetos a utilizar en un día de emoción a flor de piel…

Salía pues muy de prisa, con el corazón, el reloj y el celular en la mano, con los ojos avispados, y eso que ojos ya Dios me los bendijo siendo grandes para ver mejor… Muy atenta a las señales, muy emocionada, a la vez se conjugaban más sentimientos, esos de poderes súper especiales y todo; si funcionaban…, de seguro los semáforos color rojo hubieran reflejado mientras cruzaba las aceras (mis pulmones disminuyendo su saturación de oxígeno, una arritmia cardíaca de compañía y una ataxia cerebelosa), color verde hubieran reflejado para avanzar al tomar el taxi… Saludo sobrio, cortés y mesurado; cuando en eso, una voz dubitativa indaga:

  • ¿Señorita, exactamente en qué parte quiere que la deje?
  • En la plaza señor, en la misma plaza, por donde se ingresa- respondo
  • ¿En la plaza?, ¿a usted le gustan esas cosas? – replica una voz extrañada y sorprendida
  • Pues sí, es parte de mi- asevero muy convencida
  • Señorita es la primera vez que una señorita me toma el taxi para ir a ver esas cosas- señala esa voz
  • Ah… – largo y cadente de mi parte
  • Pero, señorita a eso van creo más los hombres, es un lugar donde no van tanto las mujeres… – añadía esa voz
  • También vamos mujeres, muchas, y niños y la familia, es un espectáculo para todos- agregué
  • Pero, ¿cómo le va a gustar ver esa tortura? ¿no sé qué le ven a eso?-continuaba esa voz
  • Pues sí, me gusta, vengo de un pueblo muy taurino, nací jugando a eso – asevero algo incómoda
  • Pero, ¿cómo le va a gustar ver allí la sangre, cuando lo matan?- replicaba una vez más esa voz
  • No pagaríamos por ver matar a un toro, si podemos ir a un a los lugares donde los mata para consumo masivo, no vamos a ver eso – impaciente e incómoda, reafirmando mi verdad

Entre aquellas palabras y diálogo salta a la luz, mucha sinceridad y orgullo mío, como, mi formación académica, mi ciudad de proveniencia, mi residencia, mi casa de estudios actual, mi lugar de trabajo y prácticas profesionales, mi edad, mis valores, mis metas, mis planes, mis sueños cumplidos y los que andan aún en sábanas, una plática fluida y activa, poco a poco los toros, se hicieron la entrada de un buen plato de fondo, que saltado de la crítica anti taurina y taurina, cerró en un:

  • YA VAMOS A LLEGAR SEÑORITA, LA VOY A DEJAR JUSTO PARA EL INGRESO, ¡MUCHOS ÉXITOS!, ¡QUÉ DISFRUTE!, ¡UN GUSTO HABERLA CONOCIDO!

Nada puede amilanar, tu verdad, tu ser, tu libertad, tus expresiones, tu sentido de hacer las cosas, tu cultura, tus motivaciones, base de tus acciones y hábitos diarios. Las ocupaciones significativas de tu vida, mientras no ocasionen daño ni contradigan valores, merecen respeto, tolerancia, son derecho tuyo, que no vayan contra eso. ¡Sí a los toros!

 

 Jenny Maricely Herrera Fustamante

jemahefu@gmail.com

2017-11-16T20:57:48+00:00