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España y Francia, dos grandes naciones que aman y defienden la tauromaquia

Nadie pretende que todos los españoles amen la tauromaquia ni que todos los franceses la defiendan. Sin embargo cualquier demócrata español o francés tendría que estar en contra de que se prohíban los espectáculos taurinos como proponen antitaurinos, animalistas y populistas, a menudo, con violencia.

La tauromaquia, con todas las vicisitudes de su génesis y de su evolución, constituye la reencarnación de esa obsesión fundamental de las civilizaciones mediterráneas, el enfrentamiento del hombre con un animal temible, plasmada en un mito también fundamental: el de la lucha entre Teseo y el Minotauro en sus vertientes apolínea -la victoria de la inteligencia sobre la bestialidad- y dionisíaca -la complicidad para crear belleza con un animal indómito e imprevisible-.

Tiene que llamar a la reflexión que dos grandes países de la Unión Europea, democráticos y solidarios, con unas economías desarrolladas permitan espectáculos donde los hombres y los animales juegan con la vida y con la muerte, acompañados de la emoción y del arte. Por ello, no se entiende que en ambos países la tauromaquia esté cuestionada, aunque sea perfectamente legal. En Francia está permitida “allí donde exista una tradición ininterrumpida” (1951), que coincide con el tercio sur del país, cuya legalidad fue confirmada por la decisión del Consejo Constitucional (septiembre de 2012) y donde fue inscrita en el inventario del patrimonio cultural inmaterial francés (2011). En España es legal en todo el territorio nacional, incluida Cataluña. El Tribunal Constitucional reafirmó la legalidad de la tauromaquia en Cataluña (septiembre de 2016). Además, está aprobada la ley 18/2013 en la que se regula la tauromaquia como Patrimonio Cultural español.

 

La práctica de la tauromaquia disfrutó de una gran explosión a partir de los años 60-70 del pasado siglo con la llegada del boom económico a España, hasta alcanzar su climax en 2007, justo antes de la gran crisis de 2008. En ese año de 2007 se celebraron en España 3.637 festejos de lidia, cifra jamás antes alcanzada. La crisis económica ha supuesto un gran varapalo para el nº de festejos y para el nº de toros producidos. En 2017 se celebraron en España 1.553 festejos de lidia y 18.357 espectáculos populares, por tanto, un total de festejos taurinos cercano a 20.000, ¿alguien puede creer que esta realidad taurina se puede borrar de un plumazo en España? ¿Y qué pasaría con los 1.700 espectáculos taurinos que se celebran cada año en Francia?

¿Qué hacer para que la gente no abandone los tendidos o para que los jóvenes vayan a los toros? No puede ser consuelo que otras muchas actividades estén soportando la presión social en su contra como la caza, la pesca, el circo… e, incluso, un aspecto tan aberrante como el ataque a la producción animal que es la responsable de la existencia de alimentos de origen animal tan necesarios para la alimentación y la salud humanas. La ganadería juega un papel muy relevante en el mantenimiento del medio rural. Se estima que en 2050 habrá cerca de 10.000 millones de personas en el mundo, ¿somos conscientes de lo que puede suponer la necesidad de alimentos para todas ellas?

Tenemos que convencernos de que la emoción es consustancial a la Fiesta de los toros. La sangría de espectadores sólo se puede evitar si el espectáculo se vuelve a preñar de autenticidad y de emoción. En los toros “el arte sin emoción no es arte”. Por la puerta de toriles tiene que salir un animal íntegro, con trapío, bravo y con fuerza, que después de pasar por una suerte de varas bien realizada, quede un toro con una nobleza encastada que permita realizar al torero una faena de muleta artística y con emoción.

La emoción es la que también mantiene vivos los festejos populares de encierros y capeas por calles y plazas, y ha hecho que cada vez tengan más aceptación. El riesgo, la autenticidad y la belleza que entraña el juego del hombre con el animal solo por la satisfacción personal es lo que ha hecho crecer la tauromaquia popular en España y Francia.

También es necesario dar voz y protagonismo a los aficionados que luchan por la defensa de la Fiesta. Son estos, junto con el gran público, los que sostienen la actividad taurina con el pago de sus entradas. Además, son los garantes de la pureza de la Fiesta.

En este campo, la tauromaquia francesa le ha sacado ventaja a la española, pues desde hace dos o tres décadas los aficionados franceses han tomado un fuerte protagonismo en la organización y supervisión de los festejos. Los ayuntamientos de las ciudades y pueblos de la Francia taurina nombran una “Comisión Extramunicipal” compuesta por aficionados locales que es la que asesora a la municipalidad en materia taurina. La colaboración estrecha entre los aficionados españoles y franceses es una asignatura pendiente para el éxito de la tauromaquia universal.

Es el momento de considerar el gran valor cultural de la tauromaquia pues se ha hecho presente en las siete artes fundamentales (literatura, pintura, escultura, música, danza, arquitectura, cine) y otras menores como la moda, la gastronomía…Son muy numerosos los artistas que se han dedicado a escribir sobre cualquier aspecto de la tauromaquia (Hemingway, Cocteau, Leiris, Henry de Montherlant, Gª Lorca, Bergamín, G. Diego, Cela, Vargas Llosa…) y a plasmar en lienzos escenas relacionadas con la misma (Goya, Manet, Fortuny, Zuloaga, Picasso, Bacon, Botero, Barceló, Diego Ramos…), sin olvidar la escultura, pues la plasticidad, la fuerza y la belleza del toro y del torero no tienen parangón (Benlliure, Gargallo, Venancio Blanco, Gómez-Nazábal, Lozano…). Lo mismo podría decirse de la música con el pasodoble –genuinamente taurino-, las incursiones en la zarzuela española, en la ópera…

Es escalofriante la herencia cultural de la tauromaquia a lo largo de los últimos 3-4 siglos y la fuerza que aún siguen teniendo muchos artistas actuales. Esta fuerza creadora del arte alrededor de la tauromaquia sigue muy vigente a pesar de los ataques prohibicionistas que está recibiendo la Fiesta de los toros en la actualidad.

El gran reto de la importancia de la cultura taurina en todas sus variantes sería el conseguir que la UNESCO declarara a la tauromaquia Patrimonio Cultural Inmaterial de la humanidad, al amparo de la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial (París, 2003); sería el gran espaldarazo para la continuidad de los ritos y fiestas con toros en el mundo. La tauromaquia posee unos valores éticos que no tienen nada que envidiar a los de cualquier otra actividad humana legal y constructiva.

La unión de España y Francia en la defensa de la Fiesta es una obligación porque la fuerza que emanare de dicha unión sería prácticamente imparable en la defensa de la Fiesta. Existen dos organismos en estos países, la Fundación del Toro de Lidia y el Observatoire National des Cultures Taurines, con unas estructuras y unos medios nada despreciables, que deben trabajar conjuntamente con este objetivo prioritario. La Fiesta de los toros tiene muchos adeptos y una gran relación con la historia, la sociología, la ecología, la economía y la cultura.

Antonio Purroy, Catedrático de Producción Animal

François Zumbiehl, Docteur en anthropologie culturelle

Santiago Martín El Viti, matador de toros

Victorino Martín, ganadero

Fotografia Andrew Moore

2019-02-05T13:06:46+00:00