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Oreja de regalo gracias a la Tauromaquia 2.0

El honor, la seriedad y el rigor de la Plaza de Madrid, aquella que antaño fue Primera del mundo precisamente por ser líder en todas esas cualidades, ha vuelto a ser mancillados por esos grupúsculos distribuídos por toda la plaza que solo hacen acto de presencia a entrada, autobús y bocata. Porque como es torero y actúa esta tarde en Las Ventas, ha fletado dos o tres autobuses desde el pueblo y ha puesto a disposición de sus paisanos 200 o 300 invitaciones para ir a los toros. Y como el niño era tan salao cuando era pequeño, y porque es muy reguapo en la actualidad y además se le rifan las mozas en el pueblo, había que hacer acto de presencia en la plaza de toros, da igual en cual, para apoyarle, aplaudirle hasta los desarmes y las estocadas en mal sitio, sacar el pañuelo blanco para que le den las orejas y hasta pedir que sonara la música mientras toreaba. ¿Qué más da si la plaza de toros en cuestión es la mismísima plaza de Las Ventas, lugar en el cual siempre se han castigado las malas estocadas, se han abroncado a los toreroso que están mal o intentan engañar al respetable, no se aplauden toros mansos en el arrastre y en donde desde hace décadas no se toca la música durante la faena de muleta? Pues sí, este es el nivel que domingo tras domingo soportan los habituales, los pocos habituales, de esta plaza, y que ahí siguen siendo testigos de la agravada degradación sufrida por la Tauromaquia, sin recibir nada a cambio. Y cómo domingo tras domingo se mancilla esta plaza concediendo orejas y ovaciones que ni por asomo vienen a cuento. ¿Es esta la primera vez que se habla de algo así? Noooooo. Es más, raro es el día en que no se hace. Pero hay dos opciones: una, callarse y tragar; y dos, no mostrar conformidad, aun a riesgo de cabrear a los güenos afisionaos quienes, sin soltar el gin-tónic (no fuera a ser que hubiera una cámara cerca y se les pillara de imprevisto para salir en la foto y demostrar así que ellos son mu güenos afisionaos) nunca pasarán por alto la más mínima crítica hacia cualquier torero, por eso de es una falta de respeto opinar o no se qué paparrucha.

En fin, lomismo de todos los domingos pero con caras y autobuses diferentes, los pocos aficionados habituales que quedan por aquí tomaron asiento con la esperanza de que la novillada de José Luis Pereda, uno de esos hierros que tantos dolores de cabeza ha provocado a lo largo de la inmensa mayoría de tardes que ha lidiado en Madrid, y saliera más o menos decente. Y bien es verdad que la novillada, buena lo que se dice buena, no salió. Pero una de tantas borregadas inválidas que habitualmente lidia este ganadero, tampoco fue. Mansa fue bastante, ninguno llegó a emplearse en el caballo, dejaron ejemplos de su mansedumbre en los primeros tercios y hasta más de uno pegando una coz. Tampoco llegaron a doblar la pezuña ni a dar síntomas de invalidez, aunque bien es verdad que alguno de quedó sin picar. Y lo más importante, que para torear, más que menos, sí hubo ejemplares. Ya es algo, aun estando esto a años luz de la verdadera esencia del toro de lidia.

Ángel Jiménez, inhibido durante toda la tarde con el capote, sorteó en primer lugar un ejemplar bondadoso y carente de malas ideas; así como otro con más picante y que de tonto no tenía un pelo en cuarto lugar. Ante ninguno de los dos llegó a acoplarse. Sus dos faenas fueron calcadas y se caracterizaron por la falta de apreturas y de temple, los medio trallazos marcando las afueras a los novillos y, en definitiva, una total y manifiesta vulgaridad que aburrió hasta al más bondadoso espectador.

Como segundo espada del cartel se anunció un novillero al que apetecía verle después de su revelación en 2017 y en esta misma plaza. Pablo Atienza, desde luego, en la tarde de hoy no recordó ni por un momento a aquel novillero que el verano pasado causó tan grata impresión ante la parroquia de Las Ventas. El segundo de la tarde, muy poco sangrado en el primer tercio, noblote, soso y con la casta justa, iba y venía en la muleta sin transmitir la más mínima emoción; y Atienza, con semejante material, se embarulló en una larguísima y hueca faena de muleta. Muletazos por ambas manos, atropellados muchos, otros limpios pero pegando un feo tirón hacia fuera, cites quedándose en la oreja, abuso del pico… Vamos, la monofaena de todos.
El quinto también recibió poca cera en varas, llegando a la muleta con el gas suficiente para aguantar 20 arrancadas que bien podrían haber sido aprovechadas en otros tantos muletazos partiéndose el cuerpo y el alma toreando. Y para poco más. Si con el segundo novillo este novillero se pasó de faena, ante este quinto se sobrepasó. No sólo no aprovechó esas 20 arrancadas, sino que también estuvo muchísimo tiempo delante de un ejemplar que, aburrido ya de su matador, al igual que el respetable, acabó muy agarrado al piso y a la defensiva. Con la espada, mal.

Rafael González se las vio ante un bomboncito, el tercero, ideal para emborracharse toreando y hacer mil y una virguerías. ¿Lo hizo? Pues va a ser que no. Muchos pases, sí. El pendulazo de rigor para iniciar la faena, pues también. Las manoletinas con las que se cierran todas las faenas, tampoco faltaron. Y hasta la voltereta que terminó de calentar al personal y le hace entrar en la faena. Pero toreo, el toreo puro, el de verdad, el de adelantar la pierna y tirar del toro llevándolo detrás de la cadera, pues como que el día que explicaron eso en la Escuela él debía de andar o bien mirando a las musarañas, o leyendo un tebeo de Mortadelo y Filemón. Bueno, él y toda la clase, y en todas las escuelas de tauromaquia y de todas las promociones, a decir verdad. Faena que sirvió de homenaje a la tramposa y chabacana Tauromaquia 2.0, y que sólo cogió cierto vuelo, ante parte de la concurrencia eso sí, cuando el novillo se llevó por delante al chaval. Y como guinda al pastel, estocada tendida y trasera  Y aunque fue surrealista, cayó la oreja. “La peor oreja que he visto concederse en Madrid en años“, me escribe mi buen amigo Jorge por WhatsApp. Tal cual. Y no pasa nada. En Madrid se dan orejas por destorear y matar mal, y no pasa nada. Y encima hay que cerrar el pico. Callarse vaya, porque otro pico sí puede utilizarse sin que pase nada ni nadie pueda rechistar.

No hizo nada diferente Rafael González ante el novillo que cerró plaza, ejemplar también noble y con oreja que cortar. Trallazos hacia fuera, pico, pierna atrás, destoreo… Y estocada trasera después de pinchazo, que no fueron impedimento para que el paisanaje sacara el moquero y que los fulanos de las mulillas realizaran su bochornoso show de siempre para cazar media perra de parte de la cuadrilla. Don Trinidad, hoy en el palco, dijo que naranjas de la China, y Rafael González se quedó con las ganas de pasear otra oreja que hubiera supuesto una puerta grande, otra más, que calificarla de sonrojante hubiera sido quedarse corto. Salió a saludar una ovación tributada por el paisanaje, y cuando todo el mundo quedó callado y sin que nadie, a excepción de sus tres banderilleros, se lo reclamara, se pegó una vuelta al ruedo por toda la jeta, ya casi a plaza vacía.

 

Por Luis Cordon

Fotografia Javier Arroyo

2018-04-16T13:01:28+00:00