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EL TORO MODERNO, EL JULI A SU MANERA Y AGUSTÍN NAVARRO

Por Luis Cordón. Fotografía de Andrew Moore.

Ha hecho falta mirarlo varias veces en el programa, en la entrada y en los carteles, pero ni por esas uno se convence. ¿Corrida de toros lo de hoy? ¿De veras?
Una corrida de toros lo hubiera sido en el hipotético caso de haberse seguido el rastro de presentación y de comportamiento que ha dejado el último de la corrida, con el hierro de Victoriano del Río. Que ese toro parecía el padre de los cinco que le han precedido, no sería mentira decirlo. Que dejaba a la altura de los ratones a sus hermanos de camada lidiados hace 24 horas, tampoco lo sería. Que se le pegó en varas más que a los otros cinco juntos y cumplió como ninguno anterior, sin ser tampoco un derroche de bravura, una verdad como un templo. Y que desarrolló casta e interés en el tercio de muerte, verdad verdadera.

El resto del encierro desató protestas más que justificadas por hechuras anovilladas, nulo juego en el caballo, flojera más que suficiente para simular el primer tercio, y descaste. Descaste inversamente proporcional a la flojera de remos de la que han hecho gala, que no ha sido poca. Y con esto se ha vuelto a ver que a los picadores les importa un mojón del tamaño de su castoreño el tener que dejar de aquí a no mucho la gregoriana, el jaco y la puya, para cambiarlos por el pico y la pala, si quieren seguir teniendo de qué comer. Que no se le meta en este saco a Agustín Navarro, quien demostró ante el sexto en su correspondiente turno que a él le importa su trabajo y la suerte de varas, realizando la suerte con brillantez  y poniendo dos puyazos arriba, si bien el primero cayó un palmo trasero, pero el segundo en el sitio donde todos los puyazos deberían caer. Picadores así dignifican la suerte de varas.

Todo esto, distribuido en dos de Alcurrucén, dos de Victoriano del Río y uno de Garcigrande más otro de Domingo Hernández (monta tanto, tanto monta), salió al ruedo de Las Ventas en el marco de la apodada “II Corrida de la Cultura”, cosa que al fin y al cabo no dejó de ser una más de este largo San Isidro. Supongo que en homenaje a esos ilustres personajes cuyas imágenes inundan los pasillos de Las Ventas en estos días, y que un día su genialidad e intelecto desataron grandes hitos para la literatura, la pintura, el teatro, el cine y, en resumidas cuentas, el mundo del espectáculo y de las artes. Con qué orgullo cacarean los taurinejos que los intelectuales, los de ayer y los de ahora, se hayan interesado y se interesen tanto por los toros y hayan salido grandes aficionados a esto entre el mundo de la Cultura. Pero claro, pensando y pensando, a uno no le salen las cuentas, y llega a la conclusión de que igualito era aficionarse a los toros en época de Gallito y Belmonte, que en los tiempos del Pasmo de Velilla. Imagino a don Ramón Valle – Inclán, uno de los ilustres cuya fotografía cuelga en los pasillos del tendido alto, en la tesitura actual. Aquel que en su momento espetó algo así como “Juan, a ti solamente te falta que te mate un toro para ser el más grande”, y siéndole ppr tal cosa contestado “se hará lo que se pueda, don Ramón”, extrapolándolo al siglo XXI hubiera quedado algo así como “A ti Julián, para ser el más grande, solamente te falta conocer qué puñetas es un toro de verdad y pasártelo cerca”, y no creo que se le hubiera contestado algo muy diferente a “es usted un chuflón”. Y don Ramón no volvió más a los toros.
O Federico García Lorca, con su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, o con su postrera frase de “la Fiesta de los toros es la fiesta más culta del mundo”, en el siglo XXI no hubiera querido dejar de escribir un Llanto por la suerte de varas. 
Y ¿qué me dicen de don Francisco el de los Toros? Aquel que osó a pintarse a sí mismo toreando, en un cuadro titulado La Novillada… Quizás hoy ese cuadro, con el mismo título, más que reproducirse a él mismo toreando, hubiera reproducido sin ir más lejos la II Corrida de la Cultura. Qué cruz.

Así las cosas, nadie mejor que el Todopoderoso don Julián, considerado el “Joselito el Gallo del siglo XXI” por los estómagos agradecidos, pagafantas a sueldos y palmeros que le rodean (que no son pocos) para celebrar esto de “la Cultura”. Entré a la plaza pensando el Julián es un torero mentiroso y ventajista como el que más, y salí de la misma pensando lo mismo, pero elevado a la octava potencia. Porque Julián, rindió homenaje a esto de “la Cultura” con una de sus cunvres y ante un torete de Alcurrucén, el tercero, que, con dos picotacitos y demostrando una flojera de remos considerable en los primeros compases de la lidia, se vino arriba en la muleta (y de qué forma) para acabar siendo de carril y para soñar el toreo. Lo que tanto anhela Julián y cualquiera de sus compadres figurines cuando se visten de torero. Y Julián, a su manera, se valió del bomboncito para armar el alboroto. Tras un inicio de faena por bajo y desmayado, de auténtico primor y que puso a todos de acuerdo, se sacó al torete fuera de las rayas para comenzar su repertorio de toreo lineal, fueracachista, de pierna escondida y buena ración de pico. Julián acompañó en todo momento con gran despaciosidad la empalagosa embestida del toro, y por momentos hasta llevó al animal muy mandado por bajo, pero siempre dentro de ese ventajismo exagerado que nunca se deja escondido en algún lugar fuera de una plaza de toros. Una estocada corta muy trasera y ejecutada con esa peste de julipié, más un golpe de descabello, fueron el preludio a una vuelta al ruedo con despojo en mano.
Quisieron a toda costa llevarse al Juli en volandas calle Alcalá arriba, pero la fiesta les fue aguada cuando en los prolegómenos de la faena al quinto, ya de por sí muy flojete desde su salida, se lesionó la mano derecha y hubo Juli de abreviar.
Abrió plaza un aninalillo de Victoriano del Río aborregado con el que el Juli poco más hizo que pegarle pases aliviaditos y sin ninguna gracia ni verdad, y matarlo de otro hermoso julipié. 
Del Juli, en esta tarde, dos cosas buenas que resaltar: una, el inicio de faena a ese tercero, toreo caro como poco se ha visto en esta feria; y la segunda, que esta era su única tarde en Madrid y no tendremos que volver a tenerle por aquí, ni a él ni a sus palmeretes, hasta nueva orden. Aur revoir Julián, que tu ventajismo y tus mentiras sigan calando por ahí.

Ginés Marín se midió en vis a vis al maestro en homenaje a “la Cultura”, no llegando a ser ni la sombra de lo que fue hace un año en estos fueros. Se le puede achacar que no tuvo la misma suerte de sortear algún torete de carril como sí lo hizo su maestro, pues lo que sorteó fue, por este orden, una babosa de Alcurrucén, un complicado animal de Garcigrande que fue de todo menos la tonta del bote, y aquel de Victoriano del Río que sí hizo honor a su condición de Toro de Lidia.
Con el de Alcurrucén porfió más de la cuenta para lo que semejante espantajo de bicho merecía, y ello llegó a ponerle al personal en contra.
El de Garcigrande no era un toro apto para eso de ponerse bonito, ni para pegarle pases y más pases a placer. Tampoco le hicieron demasiada sangre en el primer tercio, y eso le convirtió en un toro complicado que se quedaba corto y se iba a por el bulto cuando este dejaba el más pequeño recoveco, y Ginés Marín, que lo de lidiar, someter y poder no se lo debieron de contar en su momento, se dedicó a intentar hacer florituras desde el hilo del pitón, lo que provocó algunos achuchones y hasta una fuerte voltereta (sin consecuencias afortunadamente). Después de tal suceso, acortó distancias y empezó con el encimismo de rigor, pero ni por esas terminó de conseguir el completo favor de la parroquia.
Y en estas que le salió aquel de Victoriano del Río, el cual despertó interés en varas junto al magnífico hacer de Agustín Navarro. El tercero Manuel izquierdo colocó un señor par de banderillas, y Ginés Marín comenzó con la mano derecha dándole sitio al toro, el cual se arrancaba con alegría y repetía en cada muletazo con mucha nobleza y cierta casta y picante. Marín tiró líneas sin conseguir acoplarse en ningún momento, y al coger la zurda acortó distancias sobremanera y el toro ahí no dejó de seguir arrancándose al mínimo toque, pero  echando la cara arriba y quedándose más corto. No cambió los terrenos ni las distancias el matador a partir de aquí y el toro siguió defendiéndose ante tal lidia, cosa que a muchos nos hizo pensar que el toro estaba siendo descaradamente tapado por un torero incapaz de llevarlo hilado en la muleta, tirar de él sometiéndolo y aprovechar así su buena condición. Tarde para el olvido la suya.

La llamada “II CORRIDA DE LA CULTURA” terminó con la sensación de una nueva tomadura de pelo por parte de los taurinejos, colando otra gatada más de condición inválida y aborregada para que los importantes estuvieran a gusto y no les dieran demasiados problemas. A gusto y disfrutando estuvo uno. El otro terminó sudando la gota gorda y quedando por debajo de la situación.

 

Crónica fotográfica de Andrew Moore.

2018-05-25T08:23:48+00:00