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YA LO DIJO JOSÉ MARÍA DE COSSÍO

En los últimos tiempos nos hablan de tauromaquias milenarias para referirse al festejo taurino popular, y en parte no les falta razón.

El fresco del Palacio de Cnosos, en Creta, data del año 1500 antes de Cristo, y es posiblemente el primer documento que muestra a un hombre saltando por encima de un toro.

Hoy en día nos consta que los juegos acrobáticos con toros eran un ejercicio común en Creta.

Sin duda un espectáculo vistoso y llamativo que atraería la atención de los cretenses, y de civilizaciones posteriores que lo siguieron llevando a cabo en circos, festividades y actividades deportivas, cuando la tauromaquia como tal ni siquiera existía.

Más adelante, como todo lo que se construye, piedra sobre piedra, van más allá y el hombre empieza a estudiar las reacciones del toro, y como consecuencia aprende a dominarlo.

Esto son palabras mayores, pues supone algo más que saltar al toro pasando por una altura a la que él no puede llegar.

Estamos hablando de quedarse al alcance del toro y obligarle a el a pasar por otro sitio, utilizando más la cabeza que el físico.

Esto permite la aparición del quiebro y el recorte, suertes mucho más jóvenes y depuradas, creadas con posterioridad al propio concepto de tauromaquia.

Entendemos pues, que dominarse uno mismo al mismo tiempo que se domina al toro requiere mucho más que dominarse únicamente a si mismo para saltar por encima del toro.

Y si con todo, además se es capaz de hacerlo con armonía y naturalidad, tenemos delante lo más valioso que se puede hacer a un toro a cuerpo limpio.

Quería llegar hasta aquí porque aunque parece obvio, últimamente por lo visto no lo es tanto.

Hoy en día la máxima expresión del toreo a cuerpo limpio es el concurso de recorte libre, en el que los participantes se miden frente a toros realizando las tres suertes y sus variantes ante un jurado que valora (o no) y puntúa. Y en los últimos tiempos, los mayores beneficiados de tales puntuaciones están siendo los acróbatas por un lado, y los que se la juegan a cara o cruz.

Y por supuesto que los saltos son una suerte bonita y necesaria que debe estar, pero hay que tener en cuenta los parámetros antes mencionados a la hora de puntuar.

Quizá el futuro de la fiesta sea el espectáculo más llamativo y vistoso, pero de ser así estaremos arrastrando un lastre que nos impedirá estar a la altura de otros espectáculos en los que se valora la pureza, los conocimientos, el poder sobre el toro y los recursos lidia torios, y esto es exactamente lo que está pasando en la actualidad.

No voy a entrar a nombrar empresas, que al fin y al cabo son las que dictan los caminos a seguir en este tipo de espectáculos, pero si que hago un llamamiento al verdadero aficionado para exigir cordura y respeto para si mismo, así como, por aplastante lógica, para el recortador que se mete en las suertes más complicadas para terminar desarrollándolas con limpieza.

Y como aficionados, hagamos un llamamiento también a la búsqueda de la naturalidad, la torería y la armonía como valores fundamentales por encima del descontrol y el azar.

De sobras es sabido que el espectáculo vistoso atrae numeroso público, totalmente necesario para rentabilizar el festejo, pero no es menos cierto que a la hora de valorar a los recortadores se están cometiendo auténticas aberraciones contra el sentido común.

Hemos pasado una etapa bastante larga en la que los concursos de recorte han sido un canto al valor y la raza, pero dejando un poco de lado el control, la armonía, la naturalidad y el dominio.

Y no seré yo quien se meta con los que tienen el valor de saltar por encima de un toro, o de tirarse de rodillas, en ocasiones aún sin saber muy bien cómo resolver la situación, pero no nos engañemos… Durante todos estos años de valor seco en los concursos, el aficionado de verdad, el que se abona a las ferias, el que si sabe de toros, el que va a la plaza 40 días al año, ese salía prometiendo no volver.

Ahora hay una nueva generación de chavales con torería, con casta, chavales que saben hilar fino, que dominan los terrenos, las suertes y los toros.

Chavales a los que no les cambia la cara cuando el toro pasa por su lado, chavales que no necesitan hacer acrobacias ni irse de rodillas para poner del revés una plaza de primera, chavales que con una cornada y los muslos abiertos vuelven al ruedo a darlo todo de nuevo, repitiendo la misma suerte, los mismos terrenos y el mismo pitón por el que han sido heridos.

Ellos son la máxima expresión de la torería popular, y se les está haciendo de menos.

Se les está dejando atrás en beneficio de los que pueden dar un espectáculo llamativo.

Desde aquí les recuerdo a los empresarios del festejo popular que ahora mismo tienen en sus manos una responsabilidad y una oportunidad enorme:

La de poner esto en el lugar que se merece y con la seriedad que requiere para ser del gusto del verdadero aficionado.

Mas pronto que tarde, estos chavales que representan un oasis en el desierto, se cansarán de ser ninguneados y se irán, tras haberles repetido una y otra vez mediante veredictos que lo que hacen no vale .

Y entonces será demasiado tarde para darle a esto el toque de seriedad que merece, porque los que vengan detrás habrán deducido qué no merece la pena intentarlo.

Que los empresarios hagan lo que tengan qué hacer, pero si en ocasiones el festejo popular no es tomado en serio, es por su culpa.

Y es que sin dominio no hay toreo, ya lo dijo José María de Cossío:

“Torear es toda acción que se verifica en la plaza para dominar y burlar al toro, bien a favor de engaño, capa, muleta u otro cualquiera, bien a cuerpo limpio, entra en el amplísimo concepto”. 

 

Por J.M.N

2018-03-21T12:10:37+00:00