Ayer en Bilbao se lidiaron toros de Torrestrella, complicados, exigentes, a excepción del tercero de la tarde que salvó el honor de don Álvaro Domecq.

Román, ovación y vuelta al ruedo por su cuenta.

Álvaro Lorenzo, silencio y más silencio.

Luis David, oreja y oreja.

Qué cosas tiene la vida, aquellos Torrestrella que se disputaban las figuras allá por los años setenta, en la actualidad, los tienen que matar los desposeídos de la fortuna porque la figuras huyeron despavoridos de dicha ganadería porque, un buen día, don Álvaro, se le ocurrió “meter” casta en sus toros y, a partir de ahí se buscó la ruina.

La corrida de ayer no era para tirar cohetes pero, mira por donde, sale el tercero de la tarde y, casi con toda seguridad, como ocurriera en los dos años anteriores, se llevará el premio al toro de la feria. Bravo, encastado, codicioso, se comía la muleta, al tiempo que daba un espectáculo que en los tiempos actuales nos parece increíble; todo un toro que marcará el devenir de la feria; tampoco fue malo el último de la tarde, sin llegar a la altura de su hermano anterior.

Tampoco hubo gente ayer en Bilbao y, el caso es que no llovía. Cierto es que el cartel invitaba a poco; vamos, un cartel que, de haberles tenido que pagar a los chicos con una mínima dignidad, no se montaría en lugar alguno, sencillamente porque nadie puede acudir a un reclamo tan pobre. Se pueden hacer muchos carteles, pero tan insulso como el de ayer dudo que los haya.

Román puso emoción con su torero anodino porque el chico no tiene más ángel que su propia sonrisa. Es cierto que estuvo valentón ante unos enemigos que no le regalaron nada; ambos toros tiraban hachazos al final del muletazo y el de Valencia bastante hizo con sortear aquellos latigazos. Mató de forma contundente a ambos toros y, en su segundo hasta le pidieron la oreja, sería por parte de algunos lerdos en materia porque la faena ni era de oreja ni nada que se le parezca. Una ovación sería lo lógico ante un hombre que se ha jugado la vida.

Álvaro Lorenzo con cara de enterrador no dijo nada; por su muleta pasaron los toros sin mucha calidad y menos trasmisión pero, el de Toledo no dijo esta boca es mía; con lo fácil que era ayer el público bilbaíno, Lorenzo quedó inédito. Todavía mi pregunto quién dijo menos, el toro o el torero.

Le cayó en desdicha a Luís David un toro extraordinario de los que encandilan al aficionado por su bravura, casta, acometividad, entrega, pasión; vamos, un toro que quería encumbrar para siempre a un torero pero se encontró con un chaval mexicano que es capaz de dar muchos pases pero que no convence a nadie. Lo decía Juan Belmonte, Dios nos libre de un toro bravo y le tocó al Luis David, para su desdicha, claro. Tanto Luís David, como sus compañeros de cartel, cuando el sistema les pone en corridas a modo, dan pases con cierta estética, pero cuando ese mismo sistema les pone a prueba con una corrida como la de ayer, dan mantazos en tropel que, para su infortunio, eso hizo el diestro hidrocálido.

Se recordará durante mucho tiempo la actitud del toro citado del que, don Álvaro, se sentirá muy satisfecho. Pero lo que nadie recordará, ni creo que ya nadie se acuerde, es de la faena de Luis David que, el pobre, pese a cortar una oreja, se ridiculizó a si mismo. Cortó otra oreja en el sexo porque, como se pudo comprobar, las orejas en Bilbao están de puro regalo. El chico, para sus adentros igual piensa que ha tenido un triunfo de clamor. Le aconsejo que, si quiere comprobarlo, no tiene más que pedir un aumento de sueldo y verá lo que le dicen.

¡Qué complejo es el mundo del toro! Lo digo porque, pese a todo, si el sistema quiere, estás toreando todos los días, ahí tenemos el ejemplo de la corrida de ayer; con dinero o sin dinero, pero toreando. como miles de veces dije, para ser torero, tienen que querer los demás. Antonio Manuel Punta tenia más arte que los tres toreros de ayer, juntos, y lleva el hombre un montón de años como banderillero. Suerte que tengas que el saber poco te vale, un axioma que nos servirá para definir el mundo del toreo eternamente.

Pla Ventura