Hemos vivido más de un año lamentándonos todos por aquello de que la pandemia nos arrebató las ilusiones al respecto del mundo de los toros y, si se analiza cómo debe, desdichas personales al margen que las ha habido por cientos, en este caso más de cien mil muertos, panorama muy desolador pero, como digo, la pandemia tapó por momentos nuestros males internos de la fiesta taurina.

Y lo digo porque, en los toros, el mal endémico que padecemos no tiene nada que ver con la pandemia que, es cierto que ésta paró en seco a España y, los toros no podían ser una excepción. Ya vimos que, a mitad del pasado año se empezaron a dar festejos taurinos con aforos reducidos, si cabe, lo más lógico del mundo. Y con el manto de los aforos reducidos nos íbamos tapando sin pararnos a pensar si aquello era una imposición o una norma ya establecida mucho antes de la pandemia.

Desdichadamente, era la norma que ya veníamos arrastrando desde años atrás. Lo digo porque, cuando se empezaron a dar toros de nuevo y se permitieron los aforos adecuados, lo lógico y cabal es que los aficionados hubiesen acudido en masa para llenar las plazas con los aforos que se permitían y, nuestro gozo en un pozo. La gran mayoría de los cosos en que se dieron espectáculos, casi nunca se llegó al aforo permitido y en muchas tardes hicieron el paseíllo las figuras con llamada gira de la reconstrucción que, no sé si reconstruyó algo o terminó de destruir lo poco que quedaba.

Ayer, de forma lamentable comprobábamos con nuestros propios ojos la desdicha insalvable que reina en la fiesta de los toros. Era la primera corrida de toros de la feria de San Isidro en Madrid, en esta ocasión en la plaza de Vistalegre y, dada la afición que reina en Madrid, en plena feria de San Isidro, con un año en blanco; todos los argumentos para que, en dicho festejo, se hubieran agotado las localidades y, apenas cuatro gatos se concentraron en dicha plaza carabanchelera. ¿Quién es el culpable, la pandemia? Por favor, seamos serios, abramos los ojos y aunque el cartel invitaba a poco, nadie sospechaba, ni los más incrédulos, que la gente le diera la espalda a los toros. Se trata de una plaza con capacidad para catorce mil personas y, dadas las condicione sanitarias, se permitía la venta de seis mil entradas y, todo el mundo lo vio, menos gente en una novillada sin picadores. ¡Cuántas miserias tapó la pandemia pero, hemos quedado con el culo al aire! Se ha demostrado que los culpables son los que organizan los festejos.