Por fin vimos en Madrid un toro como Dios manda y, para colmo, era de una ganadería comercial, la de Domingo Hernández que, a diario suele lidiar más borregos que toros pero, ayer le tocó el premio en Las Ventas. El segundo toro de Emilio de Justó marcó la diferencia entre lo que es un toro  y lo que antes había lidiado El Juli que, en honor a la verdad, era más burro que toro o , si lo prefieren, tenía santidad por doquier pero, eso no es lo que los aficionados queremos que, sin duda aluna, lo que queremos es que el toro tenga casta, movilidad y, por encima de todo que en el transcurso de lidia palpemos la emoción de lo que puede ser un toro auténtico y, aquel galán lo tuvo. Es más, ese oro desmitificó la idea de que los toros grandes y con peso no embisten, una mentira en todo regla porque el animal tenía más de seiscientos kilos, casi seis años y quería comerse crudo a Emilio de Justo.

De toda esta cuestión subyace que, como decía, ayer se marcó la diferencia en Madrid y en una misma corrida vimos el esperpento del toro santificado sin peligro, sin maldad, sin el menor gesto que hiciera dudar a su lidiador, El Juli, que se divirtió de lo lindo ante un animal que venía santificado de la dehesa. La gente tenía ganas de que algún torero triunfara, amén de que las exigencias en Madrid, respecto a las figuras han bajado casi hasta el sótano porque toda la crítica la tienen domesticada y, como quiero que todo el mundo rema a favor, cualquier cosa puede ser premiada con una oreja, caso de El Juli que, a esas aturas del festejo nadie recordará aquella oreja pueblerina porque, insisto, el animal venía bajado de los altares y lo que se dice emoción no tuvo ninguna. El Juli, con ese bagaje profesional que tiene se divirtió como un niño chico en el  día de Reyes, pero les aseguro que nadie salió llorando de la emoción en la plaza.

Y, más tarde, como explico, vimos la otra cara de la moneada, un toro monumental en todos los sentidos en que, Emilio de Justo se arrebató para construir una faena emocionante puesto que, el toro así se lo demandaba; había emoción a raudales y el extremeño se percató y no dudó en dar lo mejor de su toreo que, imperfecto en ocasiones, alcanzo los honores de la grandeza porque se estaba jugando la vida y eso emociona a cualquiera. Pese a venir de una ganadería que suele lidiar más borregos que toros, en esta ocasión, honradamente hay que felicitar al ganadero que, toros como el citado no creo que el salgan muchos y si le salen, todos saldremos ganando. Aquí no hay derrotismo, hay que contar  la verdad y pese a que el toro viene de una “santa” casa se comportó como un toro de antaño o si de hogaño hablamos, como lo haría cualquier toro de la rama Albaserrada.

El peso, como antes dije, nada tiene que ver cunado un toro anda sobrado de casta porque el animal lidiado por Emilio de Justo, con más de seiscientos kilos, con apariencia de toro y comportamiento de toro auténtico, emociono a todo el mundo y, tras una soberbia estocada Emilio de Justo cortó dos justísimas orejas que le llevaron al final por la puerta grande de Madrid y es la segunda ocasión que lo consigue esta temporada.

Esta no es una crónica al uso porque todo lo que se dijo respecto a los pormenores ya se conto en el día de ayer. En mi caso, lo que me apasionaba no era otra cosa que explicar la diferencia entre un toro santificado, lleno de bondad, sin mala idea, sin casta alguna, sin emoción de ninguna clase como le sucedió a El Juli y, más tarde, en la misma corrida poder contemplar la grandeza de un toro ejemplar que nos hizo vibrar a todos, presentes y ausentes pero que, en su conjunto, todos quedamos extasiados.

En el mismo festejo, Juan Ortega dibujó muletazos de una belleza extraordinaria pero no supo alcanzar el éxito soñado, no es menos cierto que su último toro, el que le dio algunas facilidades nada tenía que ver con la hermanita de la caridad que lidio El Juli y, mucho menos, con aquel torrente de emoción con el que Emilio de Justo nos extasió.

Lo dicho, en una misma corrida pudimos ver la parodia del toro aborregado y la grandeza de un toro encastado que, para mayor dicha, un torera cabal, Emilio de Justo, estuvo a la altura. ¡Enhorabuena, torero!