Si echamos la vista atrás y somos conscientes de cómo tenían que vivir los críticos taurinos de los años cincuenta o sesenta, sin tener que irnos más lejos, pese a todo lo que les colgaban encima por aquello de los sobres que recibían, en realidad eran auténticos santos por su devoción a la fiesta y, por encima de todo, hacia su divulgación. ¿Cómo era la cuestión en aquellos años? Muy sencilla y, a su vez, muy cruel. Los grandes rotativos querían tener información taurina, muchos, hasta se vanagloriaban de dicho logro pero, la gran verdad es que no pagaban un solo céntimo a los críticos.

Pero lo más sangrante no es que no les pagaran que, de por sí ya era rocambolesco. Lo más triste de la cuestión era que, los diarios les vendían espacio a los críticos para que se pronunciaran, pero tenían que ser ellos los que financiaran su propio trabajo. ¿Solución? Estaba clarísimo, no quedaba otra alternativa. Había que pedirles un dinero a los toreros para que los críticos pudieran difundir la fiesta y, a su vez, a los protagonistas de la misma que no eran otros que los toreros.

Por dicha razón nació el sobre tan criticado durante todos los tiempos. Era cruel, pero no quedaba otra opción. De toda la vida de Dios, cualquier rotativo, en la época que fuere, tenía consignado un presupuesto para sus periodistas pero, al parecer, dicho presupuesto no daba para los críticos de toros, razón por la que aquellos héroes del momento tenían que mendigar. Los toreros, a su vez, entendían la postura del crítico y de forma amable aceptaban el “chantaje” que, en realidad no era tal, era una forma de contribuir para que el crítico pudiera hacer su labor.

Lo realmente dramático es que, la postura que contamos, la que conocimos en aquellos años setenta, es algo que veníamos arrastrando de toda la vida, justo, hasta que llegó un director de un rotativo, caso del diario Pueblo de Madrid llamado Emilio Romero, el que entendió que la información taurina era muy valiosa, por tanto, había que remunerar al periodista como un empleado más de la empresa. Y allí llegó el gran Alfonso Navalón que dignificó la profesión más que nadie en el mundo, algo que Emilio Romero siempre le agradeció porque, como sabemos, en tardes de feria de Madrid, el diario Pueblo, gracias a Navalón vendía un millón de ejemplares en un solo día. ¿Había que pagarle a dicho crítico? Por supuesto que sí, pero con sueldos de altura que era en realidad lo que dicho crítico generaba.

De tal forma, a medida que trascurrían los años, todos los diarios de Madrid tenían en plantilla un crítico, entre ellos Joaquín Vidal, el citado Navalón, Javier Villán, Manolo Molés, Mariví Romero, Juan Posada, Pedro Javier Cáceres, José Luis Benlloch, Carlos Crivell, Pedro Mari Azofra y otros muchos que, cada cual en su parcela y en su diario ofrecían su crítica tan particular y, casi siempre muy acertada. Unas más y otros menos, pero todos percibían su emolumento por su trabajo, sin duda, algo tan digno como la vida misma.

Por supuesto que la crítica taurina, como tal, no daba para vivir para los periodistas que la ejercían porque, a diferencia de los grandes rotativos que podían darse el lujo de tener entre sus empleados al crítico de turno, cualquier diario de provincias quería de igual modo tener su crítico pero, por supuesto, dicho diario no podía tener en plantilla al crítico oportuno. ¿Qué hacer al respecto? Justamente, por dicha causa, ahí empezaron los trincones de turno que, con malas artes querían engatusar a los toreros para que estos claudicaran para pagar la “mordida” correspondiente. Lo lógico era que, los diarios para los que trabajaban les dieran una “propina” por hacer la crónica porque, como todo en la vida, todos no podemos ser ricos y, los grandes diarios estaban en Madrid mientras que España seguía siendo muy grande y, en cualquier ciudad se editaba un diario, cosa tan lógica como cabal.

Claro que, lo más sangrante de la cuestión venia dado cuando algunos críticos se hicieron famosos, tanto o más que los propios diestros y, a su vez, ostentaban el cargo en un medio importante, sabedores del poder que tenían por el medio al que representaban, no dudaban en coaccionar a los toreros para que pagaran el “arreglo” anual por aquello de dejarles siempre bien y que la culpa fuera siempre del toro. Y nos quejábamos de que Gonzalo Carvajal, Don Quijote o cualquier crítico de aquellos años mendigaran una peseta para poder comer.

Joaquín Vidal, Javier Villán y Alfonso Navalón fueron los artífices de engrandecer la crítica taurina honrada en Madrid mientras que, en provincias cada cual tenía su crítico de altura como pudiera ser el caso de Pedro Mari Azofra en La Rioja o Carlos Crivell en Sevilla, mientras que José Luis Benlloch hacía lo propio en Valencia y así sucesivamente. Cada cual a su manera, pero siempre con dignidad. Lo lamentable en la actualidad es que, por mucho que nos duela, todavía quedan mendigos de la pluma que, por no tener dignidad alguna se prestan al juego de los toreros que, como se sabe, por un simple “bocadillo” o una entrada de sol les tienen a sus pies. Así ha derivado la crítica taurina para muchos que, para su tristeza, todavía no se han dado cuenta que, de mi hambre me rio yo, pero nadie más.

En la imagen todo un «cartel de feria» al respecto de la crítica honrada de España, Javier Villán, Pedro Mari Azofra  y Joaquín Vidal. ¡Irrepetible!