Si analizamos la cuestión taurina como en realidad sucede al respecto de las figuras, le hipérbole, para muchos informadores es el caldo de cultivo que utilizan para engrandecer lo que, como todo el mundo sabe, no deja de ser algo normal y cotidiano pero, para los intereses de cada cual, en este caso, de los que tienen un sueldo, incluso de los que mal viven de bocadillo que recogen como migajas de las figuras, la hipérbole la tienen siempre en la boca que, en realidad es la que hace felices a los mediocres que, a fuerza de tantas alabanzas, hasta ellos mismos se han creído los reyes del universo, por aquello  de tanta hipérbole a favor de los protagonistas.

Dije muchas veces y lo vuelvo a confesar que, como informador, nada me agradaría más que poder contar buenas noticias en torno al mundo que me ocupa, los toros. Es más, cada vez que ocurre algo trascendental que nos congratula a todos, yo soy el primer contagiado de dicha alegría que, insisto, las buenas noticias deberían ser la norma en este mundo en que vivimos pero que, de forma lamentable, las buenas noticias son apenas una utopía intranscendente. Y, cuidado, para contar una buena noticia no hace falta hipérbole alguna puesto que, lo bueno no hace falta engrandecerle con artimañas literarias puesto que, ello canta por su mismo.

Como nos recuerda nuestro compañero Pablo Pineda en sus “Memorias de Otoño”, como ejemplo de lo que digo, ¿hizo falta alguna hipérbole para engrandecer la obra de Diego Urdiales en otoño de hace dos años? ¡Ninguna! Su obra, la del diestro de Arnedo, en la plaza de Las Ventas fue tan sublime que, nadie exageró nada, más bien todo lo contrario, hasta creo que muchos informadores se quedaron cortos para cantar la magnitud y grandeza de aquella tarde irrepetible del diestro arnedano. Y digo que se quedaron cortos ante la magnitud de Diego Urdiales porque, claro, al no considerarle como figura del toreo, algunos tuvieron miedo de refrendar aquel torrente de verdad, si caso, por temor a las represalias que sus respectivos amos pudieran hacerles.

Por el contrario, cuando se es figura, los informadores adictos al régimen, si utilizan la hipérbole para engrandecer, por ejemplo, al toro de Juan Pedro y, sin duda, a labor que han hecho sus lidiadores porque, claro, se trata de figuras, tanto como ganaderos y toreros ¿qué hacer? Eso, pontificar lo banal, lo que apenas tiene contenido alguno, de ahí la hipérbole a la que me refiero.

Claro que, mira tú por donde, en este año maldito en todos los órdenes, barrunto que hemos tomado más lecciones taurinas que en los últimos cincuenta años porque, como se ha demostrado, se han televisados corridas por el canal CMM de Castilla la Mancha y, para suerte nuestra, hemos visto la grandeza del toro, algo que en dicho pueblos no habían visto jamás pero, lo que es peor, millones de aficionados tampoco y, gracias a dicha televisión han podido ver y saber que existe el toro de verdad, el que causa problemas, el que pide lidiadores y, en muchas ocasiones, hasta permite triunfos de clamor para los diestros que a ellos se enfrentan.

Porque es cierto, cuando sale el toro de verdad y hay un torero dispuesto para la batalla, sobran todas las hipérboles y demás conjeturas al respecto porque, insisto, el toro habla por sí mismo; habla sin hablar, claro; pero lo dice todo con su comportamiento, sus acciones, su casta y su bravura.

El toro que aparece en la fotografía, si es un toro de hipérbole al más alto nivel.