La noticia funesta en estos días respecto al periodismo, no es otra que el diario El País ha eliminado en su edición de papel la sección taurina y, como digo, mucho han tardado; es más, hasta nos sonaba a milagro que un diario tan izquierdoso y adepto al poder establecido que no es otro que el social comunismo, que todavía mantuviera esa sección de toros, algo que nos sonaba a milagro pero, como los milagros no son eternos, han final le han dado la puntilla a dicha sección y se han quedado más largos que anchos.

Vamos que, si levantara la cabeza Joaquín Vidal y viera en qué ha quedado lo que para él era su obra, su referente, su forma de vivir y de expresarse, seguro que moría de nuevo del síncope que pudiera sufrir. Y, dentro de todos los males, desde la muerte de aquel hombre irrepetible en la crítica taurina, El País siguió dándole cuartelillo a los toros con la docta pluma de Antonio Lorca, el sucesor del trono que dejara vacante Vidal que, dicho sea de paso, lo ha ocupado con una dignidad admirable.

Pepa Bueno, la actual directora, la que destila odio en su mirada, lo de los toros, como le sucede a la apestosa izquierda, quieren eliminarlo para siempre de la faz de la tierra, en este caso, de España porque es una fiesta que la inventó Franco y, claro, siendo así, ¿cómo se puede mantener un vestigio franquista en un diario de izquierdas? No hay respuesta, señoría. Tarados los tenemos en todas las esquinas para desdicha de nuestra sociedad.

Claro que, para que el daño sea irreversible, El País mantiene su sección taurina en su edición de Internet pero, hay un problema, el que quiera deleitarse con la pluma de Antonio Lorca tiene que pagar, digamos que, otra fechoría más para que nadie lea a Lorca y, lo que es peor, que nadie sepa que existe una fiesta maravillosa y ancestral llamada la fiesta de los toros. Es cierto que, lo del pago ya lo hacen varios diarios y, en el pecado llevan su penitencia. Fijémonos si son irresponsables los que toman estas decisiones que, insisto, ya nadie lee nada de toros porque, si en algo se caracteriza el aficionado no es por otra cosa que lo de la lectura le importa un pimiento y, si para colmo, para leer a Zabala de la Serna o al propio Antonio Lorca hay que pagar, naranjas de la China.

Atrás han quedado para siempre aquellos años gloriosos en que, el diario Pueblo, gracias a Alfonso Navalón, vendía millones de ejemplares durante la feria de San Isidro, todo porque los aficionados querían leer a Navalón; otro tanto de lo mismo sucedía con Joaquín Vidal en que,  miles de españoles de derechas compraban el citado panfleto para leer a Joaquín Vidal pero, aquello ya es todo historia. Luego, al paso de los años, la historia ha demostrado que los aficionados a los toros no son los que compran el Marca. Pensemos que, por ejemplo, si en la puerta grande de Las Ventas, en una tarde no hay billetes, se pusieran a la venta unas revistas taurinas, de los veinticuatro mil aficionados que caben en dicho recinto, no venderían ni cien ejemplares.

Algo similar ocurre con los libros taurinos que, para desdicha de todo el mundo, van a parar a las manos de cuatro “locos” ya que, las ediciones de libros, la tirada más grande suele ser de quinientos ejemplares y, a muchos editores, hasta les sobran libros. Es la lacra que nos mortifica que, a su vez, es una verdad incuestionable.

Dice Antonio Lorca que él no ha sentido presión alguna en el periódico y que le siguen respetando, algo que me lo creo a pies juntillas pero, lo que le ocurre a dicho señor podríamos equipararlo con aquel profesor que se lo quieren cargar en una universidad citada y, como no pueden echarle, prescinden de él y le dicen: “No haga usted nada, ni se moleste, conque barra el patio de colegio estamos contentos” O el prestigioso cirujano que no ha caído en gracia al director del hospital correspondiente y, pese a ser un genio con el bisturí, de la noche a la mañana lo ponen a hacer recetas. Eso mismo hará ahora, Antonio Lorca, “recetas” porque, a partir de este momento veremos quién es el valiente que lo lee; y no por detrimento de su persona ni de su pluma, pero sí de las condiciones a las que le somete ese absurdo diario llamado El País en el que le borran de la edición de papel y si queremos leer sus crónicas en Internet, tenemos que rascarnos el bolsillo. Apaga y vámonos, diría el otro.

En la imagen el gran Antonio Lorca, el hombre que ha sido damnificado por una decisión izquierdista de El País.