Ahora anda revuelto el mundo periodístico por el escándalo del ‘negro’ y del plagio de Ana Rosa Quintana. Conviene recordar que en el mundillo del toro también se ha dado la humillante figura del asalariado anónimo y el fraude a los lectores. Entonces la que ejerció de Ana Rosa, llevándose la pasta y los honores fue Mariví Romero y el que le hacía el juego sucio era Molés, un simple criado puesto al servicio de la hija del director de ‘Pueblo’ para escribirle las crónicas del periódico, y después, cuando entró en Televisión, para hacerle los guiones.

Era a principios de los años setenta y Molés entonces era un ‘mindungui’ al que se le habían cerrado las puertas como cronista taurino cuando Emilio Romero decidió sustituir las páginas vendidas de Gonzalo Carvajal por mi fichaje, sacándome de ‘Informaciones’, donde había hecho de la verdad una bandera, desenmascarando el sobre de los toreros y revolucionando el periodismo taurino. Hasta entonces Molés ejercía de ‘segundo’ de Gonzalo Carvajal, que lo enviaba a las ferias de tercera para cobrarle el ‘impuesto’ a los toreros. Gonzalo, un gran periodista prostituido por el sobre, cobraba cada tarde diez mil pesetas por crónica y torero. Es decir: treinta mil cada corrida, de las cuales entregaba más de la mitad ‘al periódico’.

Téngase en cuenta que entonces el sueldo normal de un funcionario era entre quince o veinte mil pesetas, para que os hagáis una idea de la magnitud del fraude. Fue durante una cena de los premios Mayte cuando Paco Camino denunció a Emilio Romero delante de Fraga Iribarne (entonces ministro de Información y Turismo) provocando un verdadero escándalo, porque Camino estaba molesto al pagar lo mismo que Ordóñez y recibir mucho peor trato publicitario que el rondeño. Gonzalo Carvajal era rendido admirador de Ordóñez y cuando toreaban juntos sus crónicas iban mucho más escasas de elogios para Camino, a pesar de bautizarlo como ‘El Niño sabio de Camas’. Camino, harto ya de pagar lo mismo que Ordóñez y recibir mucho peor trato, armó el escándalo en pleno invierno y cuando más resonancia podía tener.

Emilio Romero quiso dar una muestra de independencia y destituyó fulminantemente a Gonzalo Carvajal, mandándolo como corresponsal a Hispanoamérica y al mismo tiempo preparó su venganza contra Camino, sabiendo que en mis crónicas de Informaciones le señalaba muchos defectos como torero perfilero y sin terminar de entregarse (“Ahora te voy a poner a uno que te va a poner a caldo”), y mi fichaje fue otro terremoto porque prácticamente con la destitución de Carvajal se acababa la ‘obligación’ de pagarle el sobre a los críticos. Y ahí fue donde se le estropeó el porvenir a Molés, que también se vio salpicado en el escándalo al ser del dominio público que era el monaguillo o mozo de espadas de Carvajal, cobrando sobres de menor cuantía en las plazas de tercera a donde no podía acudir Carvajal.

El panorama del fenicio Molés se puso difícil y para no manchar las páginas de toros, Emilio Romero lo quitó de hacer crónicas de toros y lo puso como reportero todoterreno y subordinado a las grandes figuras del periódico como Raúl del Pozo y demás firmas consagradas. O sea que seguía de monaguillo, subalterno o mozo de espadas. No hace falta recordaros que mi llegada a Pueblo supuso un revulsivo en el mundo del toro, porque era además el periódico de mayor tirada de España y mis denuncias tenían una resonancia y unos efectos arrolladores. Basta recordar que una sola crónica sirvió para destituir al presidente Panguas que se prestó al cambalache del rabo de Palomo.

En pleno poder del franquismo y desde un periódico del Movimiento, era impensable que nadie pudiera rozar a un intocable comisario de policía. Emilio Romero se asustó un poco del ‘efecto péndulo’ en las páginas de toros, pasando del ‘todo está bien’ a la denuncia de los escándalos. Por otra parte sus tres grandes amigos toreros, recibían palos mucho más fuertes que el resto de los matadores: Luis Miguel (en sus tres temporadas de reaparición), El Cordobés, ídolo del periódico al que Molés había seguido en la avioneta y en el coche del payaso y Palomo Linares, cuyo lanzamiento se hizo desde ‘Pueblo’ a raíz de la oportunidad.

Palomo era el niño mimado de Emilio Romero y desde que le hice la crónica del rabo no volvió a cortar ni una sola oreja en Madrid. Emilio Romero trató alguna vez de llevarme ‘al buen camino’ para que fuera un poco más suave con los tres toreros de su preferencia, pero mi respuesta era siempre la misma: “Señor director, usted ya sabía cómo era yo cuando me fichó. Así que no voy a cambiar”… Y fue entonces cuando se le ocurrió la jugada de poner en la página de al lado las crónicas de Molés y su hija Mariví, para decir lo contrario que yo firmaba enfrente. Sobre todo para suavizar los ‘palos’ a los toreros favoritos del jefe.

Fue el ‘descubrimiento’ y presentación de Mariví Romero como cronista taurina. Primera mujer cronista Otro cataclismo en el periodismo taurino porque hasta entonces ninguna mujer había escrito de toros, ni había entrado en el mundo machista de los toreros. Era notorio que Mariví no había escrito jamás una crónica ni un artículo ni tenía la menor noción del mundo periodístico. Pero tamaña dificultad fue resuelta fácilmente por Emilio Romero, conocedor de la falta de escrúpulos de Manolo Molés: “Es un chico muy maleable”, nos decía de madrugada en la wisquería para justificar la ‘negritud’ del fenicio. Así que puso a Molés para escribir las crónicas que firmaba su hija Mariví, exactamente igual que ha pasado ahora con el ‘negro’ de Ana Rosa Quintana.

Mariví y Molés se iban juntos a las ferias y estaban juntos en la plaza, donde el fenicio iba aleccionando a la hija del amo en los secretos del oficio y el trato que debería darse a cada torero. Al terminar la corrida Mariví se iba con su entrañable amiga Olimpia, que tenía un hijo que quería apadrinar Mariví como torero. Mientras tanto Molés en la habitación del hotel escribía ‘en femenino’ la crónica de Mariví y luego la suya, con los argumentos que le sobraban de lo que supuestamente había escrito la jefa.

No hará falta decir que todo el mundo se dio cuenta que las dos crónicas eran de la misma mano porque además Molés en sus prisas de ‘negro’ algunas veces se le escapaba el masculino en las crónicas ajenas y salía de ojo que una mujer escribiera: “Ya estoy harto de cronistas sensacionalistas”, o eso otro de “me siento indignado que se ataque a los toreros por sistema”. Lo sabía todo el mundo, como se sabía también que esas dos crónicas no tenían la menor influencia en los lectores que sabían en qué página del periódico estaba lo que buscaban.

Pero los toreros se sentían aliviados y Romero era feliz con el lanzamiento de su hija y el comportamiento de Molés que en ningún momento trató de hacerle sombra a su ama y señora. Pruebas del chanchullo Mientras tanto, para curarme en salud, por lo que pudiera pasar, iba recogiendo pruebas de todo aquel chanchullo. La primera vez fue un imprevisto y una sorpresa. Al ir a Correos a entregar la crónica para que la pasaran al periódico por teletipo, me dijo el funcionario que si quería recoger los originales de Molés y Mariví para entregárselos ‘a mis compañeros’, dado que por el membrete se veía que estábamos en el mismo hotel. Cogí los cuatro folios más que nada por curiosidad para saber lo que iban a decir al día siguiente y curarme en salud. Me di cuenta enseguida que allí estaba la prueba de todo aquel montaje. Las dos crónicas estaban escritas en el mismo papel timbrado del Hotel Astoria de Valencia y además con la misma máquina de escribir (la pequeña Olivetti portátil que llevaba Molés). O sea que ya no había duda de cómo funcionaba aquello. Desde entonces, como mis crónicas eran más largas y yo más vago, llegaba siempre a Correos después que Molés las había entregado. Y haciéndome el tonto, un día cualquiera de la feria le decía al funcionario de Correos que hiciera el favor de darme los originales de ‘mis compañeros’ porque querían hacer unas comprobaciones. Y así desde las Fallas hasta la feria de El Pilar tenía guardado un juego de crónicas de cada plaza, escritas con el mismo papel y la misma máquina de Molés.

La idea de guardarlas fue del pobre Zabala, que todavía andaba por periódicos modestos antes de entrar en el ‘ABC’. Zabala también se había dedicado al plagio por su cuenta. Como le costaba tanto trabajo escribir, copiaba páginas de El Cossío, hasta que una vez lo descubrió Antonio Abad Ojuel, subdirector de ‘El Ruedo’ y puso las pruebas en manos del director Alberto Polo que estuvo a punto de expulsarlo y al que Fernando Giles y yo suplicamos que lo perdonara.

El plagio fue sobre los toreros que algunas veces actuaban con trajes regionales (concretamente en Valencia vestidos de falleros) y el pobre Zabala sin ningún disimulo fusiló entera una página de El Cossío con fotos y todo. Zabala era un intrigante que luchaba por sobrevivir de las calamidades que pasó en los años cuarenta con el hambre de la posguerra en su humildísima familia de hijo de un tabernero. Zabala al ver la crónica de Molés firmada por Mariví me abrió los ojos: “¡Guárdalo! Mientras tengas esto en tus manos Emilio Romero no podrá meterse contigo ni echarte”… Y así fue, al año siguiente en San Sebastián vino el marido de Mariví Romero a ‘exigirme’ que tenía que cambiar la crónica del día siguiente, donde ponía muy mal a Palomo Linares que “como sabes muy bien es el favorito de don Emilio y deberías tenerle más respeto a mi suegro, el director que gracias a él vivimos todos”.

Estaba cenando donde Santi el de ‘La Cepa’, con Ramón Sánchez, cuando llegó el ciudadano y me di cuenta que había hecho lo mismo que yo en Valencia, porque traía el original de mi crónica. Fue entonces cuando le dije que yo también tenía los originales de las crónicas que le escribía Molés a Mariví. Y se quedó manso como un corderillo. Huelga decir que esa misma noche lo sabía Emilio Romero.

Y en eso tuvo toda la razón Zabala. Mantuve mi situación de privilegio en ‘Pueblo’ hasta que me fui a ‘Diario 16’. Curiosamente el todopoderoso director tuvo peor suerte. Al llegar los de UCD, Pío Cabanillas lo echó por publicar en primera página una foto suya durmiendo en el Congreso. Pero nos hemos ido de la suerte. Hemos perdido el hilo de la historia de Molés como ‘negro’ de Mariví Romero, que seguía soportando la misma lucrativa humillación cuando Emilio Romero puso a su hija al frente de los programas de toros de Televisión Española. Molés tuvo también que escribirle los programas enteros y el ‘editorial’ que Mariví leía al principio de cada programa.

A Mariví se le notaba una barbaridad que estaba leyendo el cartelón que le ponían detrás de la cámara. Pero Molés no descansaba y fue preparando el momento de cortarle la cabeza a su benefactora para quedarse de jefe. Cuando Emilio Romero perdió su inmenso poder, era el momento de que un cobarde como Molés se atreviera a lo que jamás hubiera intentado un año antes. La venganza del ‘negro’

Dicen estos días en que todo el mundo habla del ‘negro’ de la aparentemente ‘mosca muerta’ de Ana Rosa Quintana, que todos estos jornaleros anónimos tienen un odio secreto hacia el escritor que firma su trabajo y gana fama y dinero a costa de la humillación. Molés había sido durante varios años el criado domesticado que sacrificó su dignidad personal en favor de su jefa. A cambio de eso, todo lo que era se lo debía a la hija del director. Debería estarle agradecido, porque de no ser por Mariví, él jamás hubiera dejado de ser un segundón o un criado de Carvajal escribiendo crónicas publicitarias a comisión de las dos mil pesetas que cobraba a cada torero.

Así que llegado el momento, le corta la cabeza a Mariví y se queda de jefe absoluto dejando a la otra en la cuneta. Molés sigue su rentable camino de reptil hasta acabar en Canal Plus. Mientras tanto, Mariví tiene una reacción magnífica. Consigue colocarse en Onda Cero y gana merecida fama de cronista independiente, combatiendo con claridad y valentía todos los fraudes que antes defendía en las crónicas que le escribía el negro Molés.

El cambio es espectacular y Mariví recibe el respeto de los mismos aficionados que antes la despreciaban como encubridora de tantas trampas. Y vive una época gloriosa a pesar de la escasa audiencia. Pero su prestigio ya está limpio y su nombre respetado por el público mientras curiosamente los toreros la odian a muerte. Esta es la verídica historia de una de las etapas más borrascosas de la crítica taurina.

A Mariví la persiguió la desgracia. Los mismos cobardes que la adulaban cuando su padre tenía poder pusieron los medios para echarla de Onda Cero. Se ha quedado sola y desvalida. El año pasado en la feria de Bilbao me mandó un mensaje de cariño a través de unos amigos íntimos. Supe entonces que había sufrido graves depresiones, llegando a situaciones extremas de desesperación. No se tiene noticia que el fenicio Molés haya tenido el menor gesto de humanidad hacia quien le debe todos los millones que apalea en la ciénaga del submundo de la desinformación taurina. Sin Mariví jamás hubiera llegado donde está. Pero el complejo de ‘negro’ le impide ejercer el deber sagrado de la gratitud.

Alfonso Navalón