Recuerdo que cuando era un crío me parecía un siglo el brutal espacio de tiempo que había desde nos daban las vacaciones en junio hasta que reaparecíamos al colegio en septiembre. Aquello daba para mucho sobre todo comparándolo con la velocidad del rayo a la que nos desvivimos ahora, mejor dicho, con la que vivíamos antes de que los gobernantes nos hayan robado la libertad con la excusa del virus chino y en propio beneficio. Como siempre hay que sacar la lectura positiva, ahora el tiempo parece que no corre y la vida se nos va a hacer muy larga a este paso, interminable diría yo.

Regresamos al colegio para que los abnegados profesores nos expliquen de qué manera pretenden evitar que nuestras criaturas mantengan el contacto con otras criaturas semejantes dentro del recinto escolar. Para ello cierran los vestuarios a cal y canto, prohíben el uso de las duchas y de las fuentes del patio, lo que está muy bien para los guarros, para los embotelladores de agua mineral y para aumentar los residuos plásticos.

Han instaurado itinerarios de salida, de subida, de entrada y de bajada para cada una de las clases, doblarán la presencia docente durante estas maniobras de movimiento de la tropa y desdoblarán el recreo en dos mitades, la primera para que cada menda se tome el bocata en su propia mesa y la segunda acotando el esparcimiento por el patio a los doce magníficos de cada aula, vigilando que no exista la interactuación entre los diferentes grupos. Y todos bien enmamparados y enmascarados, eso por supuesto.

Lástima que este esfuerzo que han realizado los cuadros de mando escolares se contradiga con las cachondas ocurrencias previstas a pie de calle, en donde los chavales podrán relacionarse los unos con otros, mezclándose con quienes tienen vetados dentro del colegio e incluso irse en pandilla al 100 Montaditos, para merendar codo con codo, desenmamparados y desenmascarados. Vamos, lo que viene siendo una barbaridad, referido por supuesto a las incongruencias normativas de la incapaz casta política española, sólo actuando en reprimir y controlar de mala manera.

Como se emplea la antitaurina Ayuso, porque obras son amores y lo demás es un bla, bla, bla que al final en lo que se está traduciendo es en la prohibición los festejos en la Comunidad de Madrid, pese a que hay unos valientes empresarios organizadores -léase que no me refiero a don Simón- que estaban poniendo toda la carne en el asador la para para cumplir con las medidas que les venían siendo impuestas, y que ya eran injustas de por sí.

Resulta tan importante como paradójico que se permitan los festejos musicales que muchas veces son celebrados en la misma plaza de toros vetada para una corrida y además en la misma fecha, es estupendo que se pueda ir al hipódromo, al casino y demás locales de apuestas con un aforo del 60%, también que se celebren tantas actividades culturales como sea posible, aunque en este caso las restricciones de presencia alcancen el 40% mientras que los autobuses pueden ir al 100%, que manda huevos.

¿El veto Ayuso a las corridas de toros es tan sólo una discriminación o podría alcanzar el plano de lo delictivo? ¿Hay algún jurista en la sala o al ser del PP no podemos hablar de ello? ¿Cómo definiríamos el papelón que está desempeñando Miguel Abellán, el flamante director del Centro de Asuntos Taurinos?, que de respetable torero se está endegenerando en la política de tres al cuarto. Si su negociado termina convirtiéndose en el Centro de Asuntos No Taurinos, ¿seguirá el de blanco y plata cobrando el sueldo como gestor inoperante o tendrá que volver a presentarse a las suposiciones para revalidar sus méritos? ¿Alguien tiene noticias sobre su paradero? ¿Cuándo piensa reaparecer?

Si tiene valor que lo demuestre en bendita hora y en caso contrario, Manolete, Manolete, si no sabes torear para qué te metes.

José Luís Barrachina Susarte.

En la foto que mostramos, Miguel Abellán con su “amo” Pablo Casado.