En los antiguos tratados sobre tauromaquia se dice acerca de la casta navarra: “Se tienen noticias que ya en el siglo XVIII, formáronse en la región navarra diversas ganaderías, siendo las primeras la de don Francisco Guendulain, en Tudela, y la de don Joaquín Zalduendo, en Caparroso. Distinguióse el auténtico toro navarro, -cuya casta se halla casi extinguida-, por su pequeña talla y su mucha cabeza. Fue de muchos pies, nervioso, bravo, pegajoso y de bonita lámina; luciendo el pelaje castaño, retinto, colorado y negro”.

Ya sabemos que ser ganadero de bravo conlleva cierta dosis de romanticismo, pero el caso de Miguel Reta va más allá. Quiso restaurar una casta de bravo prácticamente desaparecida, a sabiendas que tendría todo en contra. Luchando durante tantos años, consiguió un prototipo de toro ideal para ser corrido por las calles. Pero eso no le bastó, y el sueño de ver sus productos en un albero, le hizo reafirmarse en ese romanticismo exacerbado, pero digno y encomiable al fin.

Y como los aficionados ceretanos están prestos y dispuestos a todo aquello que tenga que ver con el toro-toro, acogieron con alborozo la presentación de los toros navarros en Céret. Nosotros vivimos en una zozobra permanente en espera de ese festejo en tierras francesas. Era toda una gigantesca incógnita el saber cómo saldrían aquellos toros de seis y casi siete años. Llegado el día, la incógnita se despejó y aquellos toros no quisieron oler los aromas de los caballos, y tres de ellos fueron condenados a banderillas negras. Luego, desarrollaron mansedumbre a cargas, fueron durísimos y apenas permitieron esbozar el toreo actual, tal vez porque eran toros del siglo diecinueve y requerían ser sometidos en un toreo sobre las piernas, en un macheteo continuo, cosa propia de otras épocas.

Los toreros actuantes: Sánchez Vara, Octavio Chacón, Miguel Ángel Pacheco y sus respectivas cuadrillas tuvieron dignidad y entrega, esfuerzo supremo de estar ahí, más luego salir de la plaza indemne. Incluso podríamos ir más lejos; fueron toreros que unos toros inusuales les convirtieron en héroes. Por ello, nuestra admiración al ganadero navarro, el cual nos alejó por momentos del torito comercial, de la ternera automatizada. Son muchos años de ver y sentir lo mismo, la monotonía de las mismas ganaderías, el toro que ya llega picado del campo, en su mayoría con pitones romos.

Que Miguel Reta se dejara caer en Céret con esos ejemplares, es una muestra clara de quien apuesta por el toro absolutamente íntegro, con caras altivas y elocuentes, con pitones como el acero, rematados en puntas de fino diamante. No blandearon en ningún momento y murieron con la boca cerrada. Es el toro en su mayor esplendor. Sólo por ver sus láminas de toros de otros tiempos, merece la pena viajar hasta Céret. Luego, habrán dado el juego que dieron, pero lo que no tendrá discusión es la antológica presentación de un toro que va más allá de las modas imperantes.

El ganadero vino a decir después del festejo, que quizás la excesiva edad de los animales les otorgaron ese comportamiento. Si hubieran sido cuatreños probablemente habrían dado otra dimensión. Recordemos cuando Victorino (padre) hizo sus primeros ensayos con lo que había recuperado de Escudero Calvo; la cosa no fue de color rosa. Es cuestión de esperar. Mientras tanto, el espectáculo de Céret no dejó indiferente a nadie, y además tuvo la atmósfera inusual del miedo latente en los tendidos; sensaciones que creíamos pérdidas desde tiempos remotos, acostumbrados al ganado domesticado que preside nuestra tauromaquia.

Giovanni Tortosa