Están a punto de transcurrir 15 días del pavoroso incendió que destruyó un bloque de viviendas en Valencia. Una tragedia que el tiempo de dos semanas ni cura ni queda olvidada. Sería terrible que las fuerzas vivas dieran por amortizada su dedicación a las víctimas. La solidaridad no se acaba ante un hecho semejante. Serán tantas las deficiencias y tantas las soluciones por dar… La bonhomía de Pla Ventura, su empatía por las causas nobles, los seres vulnerables y su tendencia a ayudar siempre, me insta a que cuente mi experiencia como afectada de un incendio que destruyó mi propia vivienda y todo el edificio cuando era una niña. Si, como él dice, pudiera ser una gran lección contar aquella vivencia personal, intentaré en este escrito rememorar aquel 13 de agosto de uno de aquellos duros años de nuestra posguerra por si en algo o a alguien pudiera ayudar.

Era domingo aquel 13 de agosto y eran las primeras horas de la tarde. Estábamos en  casa, mi madre, mis tres hermanas y yo. Mi hermana mayor tenía 8 años, después iba yo con 6, me seguía la de 5 años y finalmente estaba la pequeña, un bebé de dieciséis meses. Mi madre se ocupaba en la tarea de peinarnos porque iban a llevarnos al Circo Price que, en una de sus giras por provincias, visitaba la ciudad. Mi padre no estaba en casa, había salido temprano y con él debíamos encontrarnos al cabo de una hora. De pronto vimos por la ventana un humo negro que ensuciaba la tarde y minutos después ruido y voces en la escalera. Felisa, la vecina de arriba, bajaba gritando desesperadamente “¡Fuego! ¡Fuego!” Efectivamente. Se había declarado un incendio en la cubierta del edificio y las llamas devoraban el maderamen que conformaban las vigas y el entramado de los desvanes. Tal era la rapidez y voracidad del fuego que pronto empezó a quemarse el último piso, amenazando con seguir hacia abajo. Los vecinos del edificio se aprestaron rápidamente a tirar colchones y otros enseres por las ventanas. Mi madre, sola, con las cuatro pequeñas y una de ellas en brazos, nada podía hacer.

Entonces nos bajamos rápidamente a la calle y desde la acera de enfrente contemplamos los gritos y los esfuerzos de los vecinos por salvar cuanto pudieran de aquel desastre. Mi madre nos dijo a las mayores: Id las tres, cogidas de la manita, hasta la casa de vuestra tía y le decís lo que pasa. Así lo hicimos. Cogidas de la mano recorrimos las calles, una distancia de kilómetro y medio aproximadamente hasta plantarnos en casa de nuestra tía que se sorprendió al vernos. “¿Qué hacéis aquí a esta hora?” “Es que se nos está quemando la casa”, contestamos entre sollozos. Mi tía nos recogió y vino con nosotras hasta la casa en llamas. Mi padre no llegaba. En aquel tiempo no era habitual que las viviendas tuvieran teléfono y no podíamos avisarle, sin saber, además, dónde estaba. Contemplando cómo se iba quemando el edificio planta a planta, vivienda a vivienda, permanecimos un buen rato. Las vecinas de enfrente nos invitaban a entrar en sus casas. Querían que pasásemos a jugar con sus hijos, pero, yo al menos, no tenía ganas de jugar. ¿Cómo iba a jugar cuando mi casa se estaba quemando?

Los bomberos tardaron muchísimo en llegar. Luego no les funcionaban las mangueras. Aquello era un desastre. El fuego ganaba terreno. Al final llegó mi padre acompañado de algunos amigos. Alguien les había dado la noticia. La impotencia de no poder hacer nada, de no poder salvar nada de nuestras pertenencias debió ser exasperante. Uno de ellos preguntó ¿Que es lo de más valor en la casa? ¿Qué se yo? Contestó mi padre, tal vez el piano, pero eso pesa muchísimo. Pues yo estoy dispuesto a bajarlo, dijo Adolfo, uno de nuestros amigos. A él se unieron otros, subieron al piso a buscarlo y con gran determinación y un esfuerzo ímprobo, bajaron peligrosamente la escalera y con el instrumento a cuestas llegaron al portal. Justo en ese momento, el segundo, nuestro piso, se desplomó, se vino abajo, pero el piano se había salvado. Afortunadamente no hubo heridos ni víctimas mortales en el siniestro.

La tarde se hizo muy larga. El parque de bomberos no tenía entonces medios suficientes pera revocar aquel incendio y llegó la noche. Mi familia en la calle. Todos con lo puesto, sin saber qué hacer. Pero nunca falta gente generosa, gente buena y nosotros contamos con quienes asumieron inmediatamente nuestra desgracia: Nuestros padrinos, bienhechores, como queramos llamarles. Una familia benefactora de mi padre que habiéndose quedado muy joven huérfano de padre, le protegió en aquellos años difíciles para él y que ahora volvía para socorrernos en la adversidad. Aquellas personas disponían de una vivienda desocupada, que pusieron a nuestra disposición. Un piso señorial en el mejor sitio de la ciudad, elegantemente amueblado y equipado con todo lo necesario y allí permanecimos durante cuatro meses, hasta que encontramos una vivienda  en alquiler.

A la mañana siguiente del incendió mis padres madrugaron para intentar rescatar lo que tal vez pudiera haber estado a buen recaudo de las llamas, pero se encontraron con que todo lo que no se quemó había sido robado durante la noche. El edificio se había envuelto en llamas hasta los cimientos y aún así los cacos hicieron su rapiña. Aquella misma mañana, aquel lunes de agosto, por consiguiente, mi madre tuvo que salir a comprar ropa para todos y así poder cambiarnos, pues nos habíamos quedado con lo puesto. Una compra no demasiado fácil en aquel tiempo, pues no había apenas comercios de ropa confeccionada.

Han pasado muchos años de aquel incendio que supuso un cambio total en nuestras vidas. En mi caso un trauma interno que me duró mucho tiempo. Tenía terror al fuego y supongo que eso mismo les ocurrió a mis hermanas, aunque nunca lo manifestaron. Y en cuanto a mis padres, jamás volvieron a hablar del tema, resignándose de manera natural, y ahora que lo pienso, ejemplar, porque nadie se recreó en la desdicha. Como si nada hubiera pasado, aún teniendo que volver a empezar de cero. Si nuestra infancia no estuvo más marcada por aquella desdicha, a ellos se lo debemos. Como el ave fénix renacimos de las cenizas y en nuestro caso, no como el símbolo de la mitología griega sino cenizas auténticas.

Como lección se me ocurre resaltar la importancia de la solidaridad, la ayuda y el desprendimiento de todos hacia quienes se encuentren en situaciones tan lamentables. La cooperación siempre es necesaria aún en el caso de tantas personas, como hay, capaces de renacer de situaciones adversas y salir por sí mismas adelante.

Francisca García