La enorme pasión taurina no se diluyó tras su retirada de los ruedos. Más bien pareciera incrementada, aunque ahora no vista de luces y ejerza como profesor en una escuela taurina. Como también lo hicieron Gregorio Sánchez, Andrés Vázquez o Joaquín Bernadó. Tal escuela, por supuesto en Murcia, tiene tres pilares donde ahora se sustenta: el mismo Liria, como director; el profesor José Mari Ortín y el empresario Ángel Bernal.

La voz de Pepín se escucha rotunda, como un barroco arabesco  en el silencio de la tarde, en plena clase práctica. Un bonito escenario, como la placita de tientas de la familia Flores; unos alumnos escogidos para ello. Ahora, Liria luce una elocuente  barba de cierto aire mesiánico; los ojos parecieran más rasgados y en su piel se aposentaron soles murcianos y sevillanos. Iker Ruiz es el alumno más joven en esa clase práctica, con apenas once años. Iker, por su corta edad sólo ha podido ver al maestro Pepín en su reaparición, hace un par de años en Illescas. Allí, Liria, un torero proveniente de los años noventa del pasado siglo, daba un auténtico “baño” a toreros de la post-modernidad como son Juli y Manzanares respectivamente. Y cuando decimos esto, no nos referimos al corte de trofeos u otros resultados meramente estadísticos. Nos referimos a la actitud torera y profesional de alguien que lo ha ganado todo, que está de vuelta de casi todo y que se manifiesta como dice el tópico: “como un novillero hambriento, que quiere ser alguien en el planeta taurino”.

El maestro Liria ha dejado por momentos el burladero, y se sitúa a unos metros del alumno Iker, vocifera con tonos ardientes, le conmina  a seguir el trasteo ante una vaca colorada, en una faena de una decena de muletazos seguidos, sin tiempos muertos. Liria vibra y salta, emocionado, exultante, sudoroso, -con la misma pasión que siempre puso en sus actuaciones-, insta a su alumno a concluir con un pase de pecho. En el callejón de la placita, un taurino se lleva las manos a la cabeza al finalizar dicho pase de pecho, expresando así el momento mágico que acaba de presenciar. Pero el alumno desoye al maestro y en vez de dar por finalizado el trasteo, pretende rubricar aquello con un desplante. Lo intenta, pero la vaca protesta, sacando cierta aspereza y el aprendiz de torero tiene que desistir. El maestro increpa al alumno, aunque de forma cariñosa; tal vez porque en el fondo sabe que esas actitudes vienen avaladas por la casta, por las ganas de querer ser torero. Esa casta, que a él le ha marcado y diferenciado de otros.

Esa misma casta, que en los noventa le hizo triunfar en Las Ventas, ante toros de Dolores Aguirre, o la increíble tarde sevillana ante un “victorino”, en un recital como de torero antiguo, heroico, proveniente de la época de Lagartijo y Frascuelo.  Liria recorría las plazas españolas ante las miradas corrosivas e intimidatorias de Miuras, “pablo romeros” o los cárdenos “albaserradas”. Sólo en su tierra tenía el alivio de vérselas con alguna criatura salida de la saga “domecq”.  Y el momento del gran clímax surgía en Pamplona, cuando las peñas volvían sus ojos al ruedo, dejando atrás el cava, calimocho, “Oh mama Inés” o “La chica ye-yé” para loar con sus vítores al torero de Cehegín. Sabían que Liria estaba emparentado con la verdad del toreo, que no sesteaba, y por ello la solanera “sanferminera” así lo valoraba.

Si a través de una hipotética máquina del tiempo, (olvidemos los vídeos, YouTube y cosas parecidas), los alumnos de Liria o de cualquier otra escuela, pudiesen vivir lo que hicieron en los ruedos, toreros como Dámaso González, Ruiz Miguel, Galán, Miguel Márquez, Andrés Vázquez  o el propio Liria, probablemente entenderían que para estos profesionales, la tauromaquia era una cuestión de respeto sumo hacia el público que sufraga estos espectáculos, y que el toreo “especulativo” puesto de moda al final de los años ochenta, o el consabido “de cada diez toros sólo le sirve uno para triunfar” de ciertos toreros artistas, estarían de más.

En la historia de la Murcia taurina: Juan Ruiz “Lagartija”, Pedro Barrera, José Vera “Niño del Barrio”, Cascales (padre e hijo), los Romero (padre e hijo), Pepín Jiménez, Rafaelillo, Ortega, Ureña, quizá y con el tiempo se puedan sumar algunos de los que hoy reciben el aliento y la sabiduría torera de quien ejerció esta profesión con la mayor honestidad, dignidad y lealtad: Pepín Liria.

Foto: Cristian. El maestro Liria junto a sus alumnos, Borja de Noé, Álvaro Ruiz, Iker Ruiz y José Miguel.

Giovanni Tortosa