Durante estos días de confinamiento, todos pensamos, aunque ocupe un segundo plano, si este año habrá toros. Lo más sensato puede parecer que no. Las medidas de distanciamiento social pueden obstruir cualquier propósito. Sin embargo, el llamado plan de “desescalada” -término no aceptado por las autoridades lingüísticas y de dudoso éxito- contempla un eventual escenario para la tauromaquia. Una tauromaquia impropia, incluso un tanto desangelada.

 

El mencionado plan consta de cuatro fases. La celebración de espectáculos taurinos no se prevé hasta la última, la denominada fase III. Su entrada en vigor no se produciría hasta el 10 de junio, si no es imprescindible rebobinar en la ejecución del proyecto. Tampoco está garantizado su desarrollo idéntico en el conjunto de la Nación. La unidad de acción, en este caso, es la provincia. Por tanto, en algunas provincias se podrían dar toros y en otras, no. No obstante, esta medida solo fija una posibilidad de celebración, sin tener en cuenta su viabilidad. Se permitirá la celebración de festejos taurinos siempre y cuando cada espectador goce de nueve metros cuadrados para él. Por tanto, únicamente cabrían en los tendidas un número muy reducido de aficionados. ¿Es viable económicamente? A todas luces parece que no.

 

En este contexto de debates acerca de la reducción de costes, es absolutamente contraproducente diseñar festejos con restricción de público. Algunos empresarios claman por perderle dinero al festejo a plaza llena, no me quiero imaginar con un cuarto de entrada. Por tanto, el horizonte se presenta igualmente incierto. Existe la posibilidad, más irreal que factible. Seguiremos soñando con el toro, de todos modos.