Después de plegar con fuerza su muleta tras haberle retirado el estaquillador, el maestro recuesta levemente su nuca en la pared hasta notar el contacto frío de esta superficie y parpadea varias veces como deslumbrado. Siente la mano derecha dolorida y la izquierda tumefacta de tanto blandir sus trastos. Y como no encuentra mejor cosa que decir, repite lo mismo que lleva diciendo desde la mañana: “Aún me parece mentira, fíjate; me es imposible hacerme a la idea”. Se toma delicadamente una mano con la otra, alternativamente, y las arrastra por la piedra del murete sin que ni la una ni la otra opongan resistencia.

—Desde mi juventud, mi corazón se inclinó hacia el Camino de la estrategia. Mi primer duelo tuvo lugar a los trece años y aquella victoria no se debió a mi dominio, por eso estudié en busca de sus principios. Verás mañana.

Se sienta en el borde de la gran cama y se descalza dócilmente, empujando el boto del pie derecho con la punta del pie izquierdo y a la inversa. Una inspiración la ayuda a tenderse y luego, dobla un triángulo de colcha de manera que lo cubra por medio cuerpo, de la cintura a los pies. Dice antes de cerrar los ojos, súbitamente enérgico:

—Dormir no, no quiero dormir. Es la última noche y hay muchos caminos, pero cada hombre los practica según sus inclinaciones. Tú lo sabes.

Se muestra complaciente. Tanto su voz —el contenido y el volumen de la misma— como sus movimientos, recatan una eficacia inefable.

No duermas si no quieres, pero relájate. Debes relajarte, le sugiero. Debes intentarlo por lo menos, y entonces él echa un vistazo al reloj, se estira bajo la blanca colcha, cierra los ojos y, por si fuera insuficiente, se los protege con el antebrazo derecho desnudo, muy blanco, en contraste con la negra manga de la camisa que lo cubre hasta el codo. Y dice:

—Me parece que hace un siglo desde que te llamé esta mañana. ¡Dios mío, qué de cosas han pasado! Y todavía me parece mentira, fíjate; me es imposible hacerme a la idea.

Aun con los ojos cerrados y preservados por el antebrazo, el maestro sigue viendo desfilar toros inexpresivos como palos cuando no deliberadamente contristados.

Lo mismo que el carpintero capataz debe conocer la teoría arquitectónica de las torres y los templos, y los planos de los palacios y debe emplear a hombres para levantar casas, el matador debe conocer las reglas naturales de la lidia, las habilidades propias y ajenas, tiene que reconocer su moral y su ánimo, llevando sus propias artes y herramientas, habiéndose hecho a ellas y siendo capaz de llevar a cabo suficiente investigación. El principio de la estrategia te permite teniendo una cosa conocer diez mil más.

Hay coordinación en todas las destrezas y habilidades, por ello sujeta el palillo con una sensación como de flotar entre el dedo pulgar y el índice, con el dedo medio sin estar tenso ni flojo y con los dos últimos dedos en tensión. Es malo tener holgura en las manos como lo es mirar con debilidad, la percepción tiene que ser fuerte aunque la vista sea débil. Resulta importante ver las cosas distantes como si estuvieran cerca y adoptar una posición distante de las que tenemos cerca.

Un maestro no puede distraerse con los movimientos insignificantes, según nos dejó en su legado el samurái  Míyamoto Musashí, de espíritu indomable y carácter impulsivo, de su puño y letra en El Libro de los 5 Anillos, que parece estar escrito por y para Talavante.

Si por Arte de Birlibirloque recibes este mensaje avísame cuando tengas cinco minutos. Por favor. Con las puntas de los dedos como si flotaras un poco, asentados con firmeza los talones. Maestro, cinco minutos nomás.

José Luís Barrachina Susarte